La advertencia emitida por el principal partido opositor, se produce en medio de la pérdida de confianza ciudadana en las políticas actuales y la creciente tensión entre Estado y sociedad
Rusia afronta un descenso inédito en la aprobación de Vladimir Putin, acompañado de advertencias internas sobre un eventual colapso económico y riesgos de agitación social similares a los que desencadenaron la revolución bolchevique de 1917, según evidenció el medio The Times.
El escenario de crisis fue planteado esta semana en la Duma por Gennady Zyuganov, líder del Partido Comunista y figura central de la oposición parlamentaria, quien sostuvo que, si no se aplican medidas urgentes, el país podría experimentar en otoño un estallido comparable al que terminó con la monarquía de Nicolás II y permitió el ascenso de Vladimir Lenin.
En su advertencia, Zyuganov enfatizó que “el primer trimestre fue un desastre total” y subrayó que “si no se toman medidas financieras, económicas y de otro tipo con urgencia, entonces en otoño nos enfrentaremos a lo mismo que ocurrió en 1917”. El dirigente reclamó: “No tenemos derecho a repetir eso”, según The Times.
Los datos de la encuestadora estatal Vtsiom, citados por el mismo medio, indican que solo el 66% de la población rusa dice aprobar las acciones de Putin, una caída de 11 puntos porcentuales respecto a diciembre. Se trata del nivel más bajo desde el inicio de la sangrienta invasión a gran escala de Ucrania en 2022, en un contexto donde el Kremlin controla todos los medios nacionales y no permite la existencia de una oposición parlamentaria genuina.
Este descenso en la aprobación de Putin coincide con nuevas restricciones a las comunicaciones digitales. La reciente prohibición de la aplicación Telegram, empleada por decenas de millones en el país, acentuó el descontento entre usuarios comunes, empresarios y soldados. Además, medidas adicionales para restringir el acceso a internet han generado molestias que, de acuerdo con diversas voces, tensionan aún más la relación entre el Estado y la sociedad.
La dimensión crítica del momento se ve amplificada por la reciente denuncia pública de Victoria Bonya, modelo rusa y ex figura televisiva radicada en Mónaco, cuyo video de 18 minutos cuestionando el manejo económico y las restricciones digitales fue visto más de 30 millones de veces desde su publicación la semana pasada.
Bonya sostuvo: “¿Sabes cuál es el riesgo? Que la gente deje de tener miedo, que los están comprimiendo como un resorte en espiral, y que un día ese resorte se rompa”. Aunque evitó mencionar la guerra en Ucrania, su diatriba despertó una amplia reacción, incluso desde la televisión estatal, donde el presentador Vladislav Solovyov la calificó en términos peyorativos.
Bonya respondió anunciando una petición para exigir su salida del aire, y publicó un video generado por inteligencia artificial que la muestra castigando a Solovyov y al diputado pro-Kremlin Vitaly Milonov.
Zyuganov, en su intervención parlamentaria, acusó al Kremlin de prestar atención a los reclamos de Bonya mientras ignoraba las advertencias formales de su partido. “Hicimos todo lo posible por apoyar a Putin, su estrategia, su política. ¡Y luego esta señora de Mónaco —a ella sí la escucharon!”, declaró el líder comunista en sesión.
A pesar de que el Partido Comunista es la segunda fuerza legislativa, diferentes analistas —como Abbas Gallyamov y el periodista ucraniano Yuriy Butusov— tacharon la advertencia de Zyuganov de contradictoria o teatral, considerando a su partido como parte de la oposición “controlada” por el sistema ruso, con funciones meramente cosméticas.
Aislamiento y la debilidad política de Putin
El artículo de The Times recoge que uno de los factores que alimentan el distanciamiento entre el poder central y la ciudadanía es la percepción de un Putin “envejecido y distante”, cada vez más focalizado en la guerra contra Ucrania y las gestas de la época soviética, desatendiendo las inquietudes cotidianas del país.
En este contexto, Tatiana Stanovaya, experta rusa en el Kremlin exiliada, advirtió en un artículo para el centro Carnegie Russia Eurasia que Putin “no puede ni hacer la paz en Ucrania ni ganar la guerra que inició”. Stanovaya concluyó: “El principal argumento de venta de Putin siempre fue su fortaleza. Un Putin débil no sirve a nadie, ni siquiera al aparato de seguridad del país”.
El apartamiento de la sociedad rusa de la figura presidencial también se reflejó simbólicamente esta semana cuando, por orden de Putin, la Academia del FSB en Moscú recuperó el nombre de Felix Dzerzhinsky, fundador de la policía secreta soviética en 1917. Dzerzhinsky instauró la Cheka, órgano precursor del KGB, cuyos agentes asesinaron a decenas de miles de supuestos “enemigos de clase” durante el período conocido como el Terror Rojo.
El acto de rebautizar la academia coincide con un aumento de gestos oficiales que reivindican la herencia soviética, en contraste con episodios como la demolición de la estatua de Dzerzhinsky durante las protestas democráticas de 1991, antes del colapso de la URSS.
En este contexto político y social, la caída de la popularidad presidencial, las advertencias sobre un posible colapso y el aumento de la represión cibernética configuran un clima de inquietud, subrayado por debates públicos insólitos en el ámbito ruso. Los próximos meses, clave en la evolución de la economía y la cohesión social del país, serán una prueba crucial sobre la capacidad del Kremlin para contener el malestar y frenar la semejanza, planteada desde la propia oposición sistémica, con el periodo que antecedió a la revolución de 1917.
(Con información de Infobae)