Nuevas restricciones digitales limitan el acceso a servicios esenciales y afectan la vida diaria de la población, con bloqueos en aplicaciones, pagos y comunicaciones mientras el gobierno impone plataformas oficiales para trámites y educación
La restricción masiva del acceso a internet móvil en Moscú y otras ciudades rusas marca un nuevo punto de inflexión en la política de control social bajo el gobierno de Vladimir Putin. Desde principios de marzo, los ciudadanos han experimentado bloqueos generalizados en servicios esenciales como pagos digitales, aplicaciones bancarias, sistemas de mapas, plataformas educativas y mensajería privada. Estas restricciones no solo afectan la vida diaria, sino que buscan limitar la capacidad de los rusos para informarse y comunicarse fuera de los canales aprobados por el Estado.
El Kremlin ha pasado de censurar sitios web específicos a bloquear casi todo el acceso al internet móvil, mientras elabora listas blancas con los pocos servicios permitidos. Solo aplicaciones seleccionadas —como plataformas de entrega de comida o sistemas de pago de impuestos— permanecen accesibles, mientras la información independiente y los canales de mensajería global sufren bloqueos sistemáticos. El argumento oficial es la protección ante posibles ataques con drones ucranianos, pero la censura se extiende incluso a ciudades sin actividad militar reciente.

La transformación digital del control estatal ruso tiene paralelismos históricos. Durante la era soviética, el Estado intentaba controlar las fotocopiadoras para evitar la difusión de publicaciones clandestinas. Hoy, el teléfono móvil cumple ese mismo rol como herramienta de socialización y acceso a información alternativa, por lo que se ha convertido en el objetivo principal. El control sobre los móviles permite a las autoridades aislar a los ciudadanos y reducir su exposición a narrativas no oficiales.
Pero el impacto de las restricciones se extiende más allá de la esfera política. Los cortes de internet afectan pagos electrónicos, servicios de taxi, envíos, correo electrónico, acceso a plataformas educativas y comunicaciones familiares. Desde el 5 de marzo, el centro de Moscú sufre desconexiones recurrentes, lo que obliga a los habitantes a buscar alternativas para tareas cotidianas.
“Llevamos un año con interferencias en el GPS, así que hay que trazar el itinerario con antelación de la manera tradicional y usar las señales”, comentó al diario español Alexander Isavnin, activista y defensor de las libertades digitales en Rusia. Relató, además, cómo tuvo que abandonar el centro de Moscú para poder actualizar su correo electrónico, una experiencia que ilustra el alcance de la desconexión: “Incluso en la oficina municipal no había internet; en el café de la esquina, tampoco. Pero en cuanto salías fuera del anillo [la calle que circunvala el centro de Moscú] la conexión regresaba”.
La app Max y la vigilancia obligatoria
La ofensiva digital del Kremlin ha escalado con la imposición de la aplicación estatal Max, lanzada en marzo de 2025. Esta plataforma, promovida por el regulador de comunicaciones Roskomnadzor, se ha convertido en el canal obligatorio para acceder a servicios públicos y educativos. El portal estatal Gosuslugi solo permite ahora el ingreso a través de Max, y los grupos de padres en los colegios deben organizarse exclusivamente en esa plataforma.
El rechazo a Max crece entre los ciudadanos. Lidia, osteópata de Krasnoyarsk, afirmó: “No me voy a instalar esa aplicación por nada del mundo, es como tener al gobierno dentro de tu iPhone”.
La preocupación sobre la privacidad está respaldada por expertos. “Lo más peligroso es que en cuanto lo instalas empieza a espiar tu teléfono, informará de que usas servicios VPN”, lo que podría desencadenar represalias futuras, advirtió Soldavot. Y agregó: “Facebook y Whatsapp ya se consideran extremistas, y en Rusia no puedes verte envuelto en eso”.

FSB y Roskomnadzor: competencia en el control
La pérdida de acceso a internet en Moscú y otras regiones responde a la convergencia de intereses entre Roskomnadzor y el Servicio Federal de Seguridad (FSB). Mientras el regulador de comunicaciones impulsa la creación de listas blancas y bloqueos masivos, el FSB prioriza la reducción de riesgos operativos, sin considerar el costo político.
“El FSB no piensa en términos de costes políticos, sino sólo en si una medida puede reducir riesgos, aunque sea en un 1%”, y bajo la excusa de la seguridad, puede justificar cualquier limitación, explicó Soldatov.
La competencia entre ambos órganos fortalece un régimen de vigilancia cada vez más sofisticado.
Cambios en la sociedad y señales de protesta
Las consecuencias prácticas de estos bloqueos son inmediatas. Muchas personas no pueden transferir dinero a familiares, atender alertas médicas o utilizar aplicaciones de mapas. Empresas han visto paralizada su actividad por la falta de conectividad, y los ciudadanos han vuelto a depender de métodos tradicionales para orientarse en la ciudad.
El endurecimiento de la censura digital ha generado descontento, especialmente entre los jóvenes. Un sondeo realizado por Russian Field revela que el 83% de los adolescentes consultados reaccionó negativamente a las restricciones, y casi la mitad manifestó sentimientos de ira. Aunque en una sociedad temerosa y resignada ante el poder estatal, estas semanas se han registrado intentos de protesta. Isavnin sostiene que “las autoridades locales tienen tanto miedo que están arrestando a los organizadores incluso antes de que las protestas lleguen a producirse”.
El Kremlin, consciente de que el aislamiento digital puede alimentar la tensión social, ha respondido con más vigilancia y represión preventiva. Soldatov, buscado por las autoridades rusas, confirma que el sistema de control digital se ha perfeccionado desde la publicación de su libro en 2015. “El sistema es más sofisticado de lo que describimos en The Red Web en aquel momento”.
Para algunos ciudadanos, la situación resulta insostenible. Elena, profesora que regresó a Rusia tras la guerra, comentó: “Ahora estoy incomunicada y convencida de que quiero irme para siempre”. Otros, como Isavnin, comparan el actual aislamiento digital con las tácticas de presión psicológica en campos de concentración. “Estamos, en la práctica, en un campo de concentración digital, Internet se deteriora de manera totalmente imprevisible día a día”, señala el activista.
El control del acceso a la información, la imposición de plataformas estatales y la vigilancia constante delinean el nuevo escenario digital ruso. El gobierno de Putin refuerza su capacidad de control en anticipación a posibles crisis políticas, movilizaciones impopulares o dificultades económicas. Mientras tanto, la sociedad rusa enfrenta una desconexión progresiva de sus propios ciudadanos.
(Con información de Infobae)